En un país donde miles de familias deben elegir entre comer o pagar sus cuentas básicas, las recientes declaraciones de la diputada Rocío Abed y el senador Luis Pettengill no solo fueron desafortunadas, sino profundamente reveladoras. Reveladoras de una desconexión cada vez más evidente entre los representantes del pueblo y la realidad cotidiana que ese pueblo enfrenta.
Cuando la diputada Abed afirma que “el país está mejor” porque la gente consume cheesecake y café latte, no está haciendo una lectura económica, sino exhibiendo un privilegio que la mayoría ni siquiera puede imaginar. Una frase aparentemente trivial, pero cargada de elitismo, insensibilidad y una alarmante falta de empatía social. Que ella y su esposo, el director de Itaipú Justo Zacarías, perciban más de G. 192 millones mensuales, solo acentúa la indignación. Es fácil hablar de mejoras desde la comodidad de una posición económica asegurada por el Estado.
El senador Pettengill tampoco se queda atrás. En su intento de minimizar la problemática del alto costo de vida, afirmó que el kilo de puchero cuesta “solo G. 9.000 o 10.000”, como si ese precio fuese insignificante para quienes deben estirar cada guaraní. Asegurar que la carne de primera es un lujo y que el reclamo por los precios es exagerado, demuestra una visión simplista y desconectada de la dura realidad en que vive el pueblo paraguayo.
Estas frases no son casos aislados. Son síntomas de un mal estructural: una clase política encapsulada en una burbuja de privilegios, ajena al dolor y la precariedad de la mayoría. Una clase que legisla con aires de superioridad, que opina sin información y que, lejos de generar soluciones, genera frustración.
Mientras nuestros legisladores disfrutan de altos salarios, viáticos, asesores y beneficios, millones de paraguayos enfrentan inflación, salarios estancados y un sistema de salud y educación en crisis. Es momento de exigir más responsabilidad, más conexión, más humanidad.
Los representantes del pueblo tienen la obligación moral de representar a todos, especialmente a los más vulnerables. Frases como las de Abed y Pettengill son más que torpezas comunicacionales: son espejos de una desconexión institucionalizada que debemos cuestionar.
Porque mientras el pueblo se sacrifica día a día, algunos de sus representantes se burlan de su esfuerzo desde la comodidad de sus despachos. Y eso, simplemente, no se puede tolerar.
Editorial Semanal de Radio Itapiru.



