La reciente detención de Freddy Antonio Florenciano Brítez, presunto autor del brutal asesinato de Felicita Estigarribia, reabre una herida que nunca cerró del todo. Han pasado 21 años desde que Felicita, una niña de apenas 11 años, fuera ultrajada y asesinada tras salir a vender mandarinas para ayudar a su humilde familia en Yaguarón. Desde entonces, su historia quedó grabada en la memoria colectiva como la de la “niña de las mandarinas”, símbolo de inocencia rota, de pobreza y de un Estado que falló en protegerla.
Hoy, con la captura de quien fue señalado desde el inicio como el principal sospechoso, se revive no solo el horror de un crimen atroz, sino también la frustración de una justicia ausente por más de dos décadas. No es posible que alguien con 12 órdenes de captura haya podido evadir al sistema por tanto tiempo. ¿Dónde fallaron los controles? ¿Qué permitió que una persona buscada por hechos tan graves viviera libremente en otro departamento?
La detención de Florenciano Brítez debe significar algo más que un cierre policial. Debe ser el inicio de una revisión seria de cómo funcionan los mecanismos de búsqueda, captura y sanción. Porque cuando la justicia tarda tanto, ya no solo hay una víctima: hay una sociedad entera lastimada por la impunidad.
Felicita no tuvo una infancia segura. Su vida fue truncada por la violencia, y su caso olvidado por muchos durante años. Pero su nombre resistió el tiempo, gracias a la memoria de quienes nunca dejaron de exigir justicia. A 21 años, el país tiene una oportunidad de saldar al menos una parte de esa deuda.
Que su historia no se repita. Que la justicia no vuelva a llegar tan tarde.



